Plañidera

Lucrativa palabra.

Según la definición de la RAE: Mujer llamada y pagada que iba a llorar a los entierros.

Su origen data de los egipcios y en la antigüedad iban cubiertas con un velo y provistas de una jarra o vaso para recoger las lágrimas vertidas en honor al difunto, que se introducía en una urna junto a las cenizas del fallecido. Así se dejaba constancia de su poder social y riqueza: a más vasos, más plañideras.

Según este punto de vista, a los pobres nadie los quería.

Yo curiosamente, descubrí esta palabra en “El Lazarillo de Tormes”. Escuchaba en el colegio su lectura, sin pena ni gloria, cuando en uno de sus pasajes El Lazarillo se encuentra con un entierro. Junto a la viuda, unas mujeres gritaban entre lágrimas que “llevaban al muerto a la casa triste y desdichada, a la casa lóbrega y obscura, a la casa donde nunca comen y beben”.Y el pobre Lazarillo corrió a decirle a su amo que traían un muerto a su casa.

¡Me hizo mucha gracia!

Y junto a esas risas, el profesor comentó que esas mujeres eran las conocidas “plañideras”. Tal vez es lo único que recuerdo del libro pero jamás olvidé esa palabra.

Me resultó tan curioso pensar que alguien pudiera ir a llorar a una persona que no conoce y además, cobrase por ello.

Gastar en llanto. Es bestial.

Algunas plañideras cuentan como para evocar con facilidad esos momentos tristes que facilitaran sus lágrimas estudiaban el Sistema Stanislaski, un método utilizado por los actores para meterse en un personaje. Con su práctica se puede llegar a controlar las emociones y generar distintos estados de ánimo.

Cuentan también estas mujeres como se entrevistaban con algunos miembros de la familia antes del entierro para conocer los hábitos y costumbres del difunto y así poder realizar mejor el trabajo.

¿Cuál es el motivo que nos lleva a hacer esto?

¿Que vean los demás que el difunto tenía amigos?

¿Que la sociedad se haga eco de su popularidad?

Señores, no nos olvidemos de lo más importante: ¡está muerto!

Si el motivo es alguno de los mencionados, ¿por qué no hacerlo en privado en vida del finado o en cualquier acto de relevancia social? Seguro que sentiría vergüenza y no lo permitiría. Todo el mundo se reiría de él.

Curioso mundo dónde procuramos acompañamiento pagado al que no lo necesita y gastamos en llanto lo que no disfrutamos en sonrisas con el difunto.

¡Pensad en ello!

A nuestra boda no invitaríamos a un desconocido, ni siquiera permitiríamos que asistiese.

Ningún padre pagaría a un grupo de niños para que le cantasen el cumpleaños feliz.

Imagínate esta escena por un momento: un niño pequeño espía una casa donde alguien se está muriendo para poder avisar rápidamente a su madre y que sea la primera en ir a llorar y así, ganar un sueldo.

¡No sigas leyendo y piensa que es un niño que conozcas!

¿Te parece demasiado duro?

Pues cuentan que en Sos del Rey Católico, un pueblo de Zaragoza, se contrataba a la plañidera que antes llegara al velatorio y los niños hacían guardia en las casas de los enfermos para que avisaran cuando oyeran llantos y gritos de dolor.

Pero eso son cosas que pasaban antes, ¿no?

En la actualidad ha aparecido una empresa en Reino Unido, Rent a  Mourner. Es un negocio de plañideras. Tiene actores, acompañantes y figurantes. Su tarifa son 57 euros. Pueden ir vestidos de militares haciéndose pasar por compañeros del ejército o del gremio que corresponda e incluso se informan de la vida, costumbres y amistades del fallecido y se aprenden algunas anécdotas que contar.

Si esto se pone de moda y todos hacemos lo mismo acabaremos dando el pésame a la misma persona con distinta vestimenta en muchos entierros.

¡Ja, ja, ja!

En el estado de Queretaro, Méjico, se celebra un famoso concurso de plañideras el Día de los Muertos. El premio es para la más llorona, supongo.

Creo que realmente es una filosofía de vida y que las plañideras volverán a ser cada vez más famosas. En una sociedad de postureo, de imagen, de seguidores y artificio, las “lloronas” tienen un sitio que ocupar. Basta con que un día, un famoso decida usarlas y lo siguiente será ver dónde marcamos el record de plañideras en un funeral.

¡Acuérdense, lo veremos!

Pero por otro lado, si contratamos un grupo de música para amenizar una fiesta, si pagamos un ataúd de roble para que el muerto – que no se va a mover – sea enterrado, si compramos flores y flores para mostrar públicamente nuestro afecto…

¿Por qué no contratar lágrimas y número de asistentes?

Algunas plañideras argumentaban que el ser humano tiene un tope de lágrimas y que al celebrarse los funerales uno o dos días después del fallecimiento, a los familiares no les quedaban lágrimas para el evento. De ahí la necesidad de su contratación.

 Argumento, sin duda, original.

Tanto la risa como el llanto son contagiosos. Será por eso que hay que favorecer que alguien venga al velatorio con el depósito de lágrimas lleno.

EL DOLOR NO SE MIDE POR EL RUIDO QUE HACES DE ÉL.

Quizá la cuestión es si hacemos esto por la persona fallecida o por nosotros mismos.

La falta de concurrencia, fastos o popularidad en vida, dejan la carga en el vivo y ocurre exactamente igual en un entierro, pero aquí los vivos somos nosotros.

Tal vez por eso existan las plañideras, no tanto para acompañar al muerto, sino para cubrir los miedos sociales de los vivos.

Dudé si despedirme con unas lágrimas o con un fuerte abrazo, pero dejemos las lágrimas para las profesionales.

Un fuerte abrazo para todos y cada uno de ustedes!!!